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17 jul. 2017

LA DENSIDAD DE LAS PALABRAS, de Luisa Valenzuela

Mi hermana, dice, se parecía a padre. Yo –dicen- era el vivo retrato de madre, genio y figura. “como todo el mundo quiere generalmente a quien se le asemeja, esta madre adoraba a su hija mayor y sentía al mismo tiempo una espantosa aversión por la menor. La hacia comer en la cocina y trabajar constantemente”. Así al menos reza el cuento, parábola o fábula, como quieran llamarlo, que se ha escrito sobre nosotras. Se lo puede tomar al pie de la letra o no, igual la moraleja final es de una perversidad intensa y mal disimulada. Padre, en el momento de narrarse la historia, ya no estaba más acá para confirmar los hechos. El hada tampoco. Porque hada hubo, según parece. Un hada que se desdobló en dos y acabó mandándonos a cada una de las hermanas a cumplir con feracidad nuestros destinos dispares. Destinos demasiados esquemáticos. Intolerables ambos.
¿Qué clase de hermanas fuimos? Qué clase de hermanas me pregunto. Y otras preguntas más: ¿quién quiere parecerse a quién?¿Quién elige y por qué?
Bella y dulce como era, se cuenta – parecida a nuestro padre muerto, se cuenta-, mi hermana en su adolescencia hubo de pagar los platos rotos o más bien lavarlos, y fregar e ir dos veces por día a la lejana fuente en procura de agua. Parecida a madre, la muy presente, tocome como ella ser la mimada, la orgullosa, la halagada, la insoportable y caprichosa, según lo cuenta el tal cuento.
Ahora las cosas han cambiado en forma decisiva y de mi boca salen sapos y culebras.
De mi boca salen sapos y culebras. No es algo tan terrible como suena, estos animalejos tienen la piel viscosa, se deslizan con toda facilidad por mi garganta.
El problema reside en que ahora nadie me quiere, ni siquiera madre que antes parecía quererme tanto. Alega que ya no me parezco más a ella. No es cierto: ahora me parezco más que nuca.

10 jul. 2017

LOS BESOS EN EL PAN, Almudena Grandes

El domingo de Ramos, Diana invita a su madre a comer.
Adela lleva el vino y el postre, como siempre, y se fija en que su yerno no come mucho y habla todavía menos.
 — ¿Me ayudas a recoger la mesa, mamá?
Después del café, Adela está convencida de que su hija quiere encerrarse con ella en la cocina para hablarle de su marido, y sus primeras palabras parecen confirmarlo.
 —Mira, mamá, yo... —abre el lavaplatos, se agacha a estudiar su contenido, y desde allí se explica algo mejor—. Tengo un problema.
 —Ya me he dado cuenta —la madre empieza a llenar de vasos la bandeja de arriba—. ¿Qué le pasa a Pepe?
—¿A Pepe? —pero su hija se vuelve a mirarla con un gesto de estupor y una bandeja de horno chorreando agua entre las manos—. A Pepe no le pasa nada.
 —¿Seguro?
 —Seguro —asiente con energía, regresa al lavaplatos—. No es Pepe, es Sofía, que quiere pasar la Semana Santa en la playa con ese novio que se ha echado, pero como él gana tan poco y no puede pagar un hotel, y tampoco quiere pagarlo ella para que él no se sienta mal, pues me ha dicho que si pueden acoplarse en nuestra casa.
 —¡Ah! —Adela sonríe mientras sigue colocando vasos, porque Diana acaba de recordarle que la que tiene un problema menos es ella—. Fenomenal, me alegro un montón, eso es lo que necesitaba tu hermana, yo estoy encantada.
 —Ya, y yo también pero, verás... —Diana se apoya en el fregadero, levanta una mano, cierra el puño y empieza a desplegar los dedos, uno por uno—. En nuestro cuarto, dormimos nosotros. En el de invitados, mis suegros, que se apuntaron hace un mes. En el cuarto de los niños, duermen Pablo y su amigo Felipe, porque Jose no viene, me ha dicho que tiene que quedarse en Madrid a estudiar. Total, que si pongo a Mariana en el dormitorio de al lado de la cocina, Sofi y su novio pueden dormir en su cuarto, pero...
 —Pero las camas son de ochenta —completa Adela.
 —Eso da igual, mamá. Están en esa fase en la que dos duermen en una cama pequeña y les sobra sitio. No es eso, es que ya no tengo más camas.
 —¿Y? —pero lo entiende todo de repente—. ¡Ah! Lo dices por mí... No te preocupes, hija, si yo no pensaba moverme de Madrid en Semana Santa. Tengo un montón de cosas que hacer.
 —¿De verdad?

1 jul. 2017

UNA MEDIDA TEMPORAL,de Jhumpa Lahiri

El aviso les informó de que la medida era temporal: durante cinco días les cortarían la electricidad por espacio de una hora, a partir de las ocho de la noche. La última tormenta de nieve había producido una avería en el suministro y los empleados de la compañia iban a acometer la reparación a primera hora de la noche, cuando el clima era algo más clemente. La reparación iba a afectar solamente a las casas de la tranquila calle arbolada, cercana a una hilera de tiendas con fachadas de ladrillo y una parada de tranvía, en la que Shoba y Shukumar habían vivido durante tres años.
“Está bien que nos avisen,” admitió Shoba después de leer el aviso en voz alta, más para sí misma que para Shukumar. Dejó que la correa de su bolso de cuero, repleto de documentos, resbalara de sus hombros, y lo dejó en el pasillo mientras caminaba hacia la cocina. Llevaba un abrigo azul, pantalones grises y zapatillas blancas; se veía, a los treinta y tres, como el tipo de mujer al que alguna vez juró que nunca se parecería.
Venía del gimnasio. El carmín rojo se podía apreciar sólo en la comisura de su boca, y el delineador había dejado manchas de carbón bajo sus pestañas inferiores.
Solía verse así a veces, pensó Shukumar, en las mañanas después de una fiesta o de una noche en el bar, cuando ella tenía demasiada flojera para lavarse la cara, demasiado ávida de entregarse a sus brazos. Ella dejó caer la correspondencia en la mesa sin mirarla. Sus ojos estaban todavía fijos en el aviso que tenía en las manos. “Deberían hacer esto durante el día”.
“Cuando yo estoy aquí, quieres decir,” dijo Shukumar. Puso la tapa de vidrio en una olla con cordero, ajustándola de tal modo que ni siquiera el vapor pudiese escapar. Desde enero, él había estado trabajando en casa, intentando terminar los capítulos finales de su tesis doctoral sobre las revueltas agrarias en la India. “¿Cuándo empiezan las reparaciones?”
“Dice que el 19 de marzo. ¿Hoy es 19?” Shoba se dirigió al corcho enmarcado y colgado en la pared junto al refrigerador, vacío salvo por un calendario con motivos decorativos sacados del papel pintado de William Morris. Ella lo miró como si lo viera por primera vez, estudiando cuidadosamente el diseño en la parte superior antes de permitir que sus ojos descendieran a la trama numerada de la parte de abajo. Un amigo les había enviado por correo el calendario como regalo navideño aunque Shoba y Shukumar no hubieran celebrado la navidad aquel año.
“Es hoy, entonces,” anunció Shoba. “Por cierto, tienes una cita con el dentista el viernes que viene.”
Él pasó su lengua por la parte superior de sus dientes. Había olvidado cepillárselos esa mañana. No era la primera vez. No había salido de casa en todo el día, ni el día anterior. Cuanto más estaba Shoba fuera de casa, cuanto más comenzaba ella a hacer horas extras y a tomar trabajos adicionales, más quería él quedarse en casa, sin salir siquiera para ir por el correo o comprar fruta o vino que estaban en las tiendas junto a la parada del tranvía.
Seis meses atrás, en septiembre, Shukumar se encontraba en un congreso académico en Baltimore cuando Shoba empezó el trabajo de parto, tres semanas antes de la fecha prevista. Él no había querido ir al congreso, pero ella insistió. Era importante empezar a hacer contactos y él iba a entrar al mercado laboral al año siguiente. Ella le dijo que tenía el teléfono del hotel y una copia de los horarios y números de vuelos y que se había organizado con su amigo Gillian para que la llevara al hospital si surgía una emergencia. Cuando el taxi salió de la casa aquella mañana hacia el aeropuerto, Shoba se despidió de él en la puerta de casa envuelta en su bata, con una mano descansando en el montículo de su vientre como si fuera una parte perfectamente natural de su cuerpo.
Cada vez que recordaba ese momento, el último en que vio a Shoba embarazada, lo que más recordaba era el taxi, una camioneta pintada de azul con letras rojas. Una caverna comparada con su propio coche. Aunque Shukumar medía casi metro noventa, con unas manos demasiado grandes hasta para acomodarlas en el bolsillo de sus jeans, se sintió diminuto en el asiento trasero. Mientras el taxi iba por la calle Beacon, se imaginó el día que él y Shoba necesitaran comprar su propia camioneta, para llevar y recoger a sus hijos de las clases de música y las citas con el dentista. Se imaginó a sí mismo sosteniendo el volante, mientras Shoba se daba la vuelta para repartirles juguitos a los niños. Alguna vez estas imágenes de paternidad le habían molestado, sumándose a la preocupación de que aún era un estudiante a los treinta y cinco. Pero esa mañana de otoño, con los árboles todavía cargados con hojas de bronce, disfrutó por primera vez esa imagen.
Un miembro de la organización se las arregló para dar con él en una de las idénticas salas de convenciones donde le pasó la nota, un cuadrado rígido de papel. Si bien sólo había un número telefónico, Shukumar supo que se trataba del hospital. Cuando regresó a Boston ya todo había terminado. El bebé nació muerto. Shoba estaba en la cama dormida, en un cuarto privado tan pequeño que apenas había espacio para pararse junto a ella, en un ala del hospital que no les había sido mostrada durante la anterior visita como futuros padres. Su placenta había cedido y le habían tenido que hacer una cesárea de urgencia pero resultó demasiado tarde. El doctor explicó que esas cosas pasaban. Sonrió del modo más amable posible en que es posible sonreírle a un paciente y que sólo los profesionales conocen. Shoba podría ponerse de pie en unas cuantas semanas. No había nada que indicara que ella no pudiera tener niños en el futuro.
Por esos días, cuando Shukumar se despertaba, Shoba ya se había marchado. Él abría los ojos y veía las negras hebras de cabello que ella había dejado en la almohada y pensaba en ella, vestida, sorbiendo su tercera taza de café del día, en su oficina en el centro, en la que buscaba errores tipográficos en los libros de texto que marcaba con un ejército de lápices de diferentes colores y en un código que alguna vez le había explicado. Ella haría lo mismo con su tesis, le prometió, cuando estuviera lista. Envidiaba lo específico de su tarea tan diferente de la naturaleza elusiva de la suya. Él era un estudiante mediocre que tenía facilidad para absorber los detalles sin curiosidad. Hasta septiembre había sido dedicado, sino diligente, resumiendo capítulos, apuntando argumentaciones en bloques de papel amarillo con líneas. Pero ahora podía quedarse en la cama hasta aburrirse, mirando su lado del armario, que Shoba siempre dejaba medio abierto, en la fila de las chaquetas de tweed y los pantalones de pana que ya no tenía necesidad de elegir para dar sus clases este semestre. Tras la muerte del niño era demasiado tarde para dejar la docencia. Pero su tutor había arreglado las cosas para que tuviera el semestre de primavera para él. Shukumar estaba en su sexto año de la universidad. “Eso y el verano te darán un buen empujón”, le había dicho su tutor. “Ya tendrías que tener todo terminado para septiembre.”
Pero no había nada empujando a Shukumar. En lugar de eso pensaba en cómo él y Shoba se habían convertido en expertos en evitarse el uno al otro en su casa de tres dormitorios, pasando todo el tiempo posible en plantas diferentes de la casa.

25 jun. 2017

LA INUNDACIÓN, de Pedro Chappa

El río trae cucharas, tenedores, trampas para Conejos, rulemanes brillantes, mesas de madera con las patas hacia arriba, barriles de cerveza, carteras de cuero repujado, herramientas sin uso, un guante de cabritilla.
El río manso y caudaloso del que no se divisa la otra orilla mantiene casi en la superficie hasta las cosas más pesadas. Una máquina de tejer industrial completa con su pie y sus carretes de lanas de diversos colores pasa girando frente a los que con cañas y pértigas pescamos con el agua hasta la rodilla.
Se escuchan comentarios. Las palabras catástrofe, represa, pueblo alto, víctimas, suenan aquí y allá.
Con una larga caña que he dotado de un lazo en la punta espero porque sé que debe llegar.
Entre tanta de acero inoxidable, copas de cristal, vestidos de noche, cuadros al óleo con bosques, lagos, y ciervos a la carrera, llegará.
Tengo mi cuchillo con doble caladura por si alguien se le ocurre quitármela.

Dorada y danzando en remolinos  vendrá la trompeta con la que sueño desde los trece años y ahora no se me a escapar.

Un cuento con una historia que apenas se insinúa. Que lo disfruten,
Carmen

16 jun. 2017

LA TÍA LILA, de Daniel Moyano

Pobre tía Lila con su vestido blanco, tan alta, tan soltera. Un vestido en el que trabajaron las mejores costureras de las sierras para plisarlo y darle esa forma de campana ondulante que tenía todas las tardes tía Lila cuando nos llamaba desde la galería. Chicos, dejen ya esa pelota por favor, y a lavarse las manos, a frotarse las rodillas, a limpiarse la nariz que vamos a rezar. Un vestido que de tan plisado que era ella podía levantarlo o moverlo para cualquier lado sin que se le vieran las rodillas; nunca se acababan los pliegues, ni siquiera cuando tomaba las puntillas del ruedo y lo alzaba hasta la altura de los hombros para ser un pavo real, o juntando las manos sobre la cabeza, cerrándose allá arriba la campana para ser escarapela. O puro remolino si bailaba, el vestido se abría girando como el remolino donde se ahogó el tío Jacinto. Y qué manera de tener encajes y bordados; hilos de todos los colores formando dos grandes mariposas en el pecho, repetidas en las mangas cerradas en los puños con tiritas amarillas, todo encerrando a tía Lila en una gran blancura.
Chicos, hoy nos vamos a Cosquín a visitar al tío Emilio. A portarse bien, no llevar las hondas, no matar palomitas de la virgen ni entrampar jilgueros. Portarse bien con el tío Emilio que es tan bueno y les dará leche de cabra, pan con chicharrón y miel de sus panales. Mucho cuidado queriditos, a ser juiciosos y prudentes en la casa del tío Emilio tan bueno, tan hermoso.
Nada de cazar pájaros y clavarles agujas en los ojos, miren que Dios puede castigarlos por eso y dejarlos ciegos para siempre. Aprendan del tío Emilio que es tan bueno porque nunca mató pájaros ni les pinchó los ojos con espinas. Por eso lo mejor es portarse bien y juntar berro y peperina, chañar y piquillín para el tío Emilio, sin olvidarse por supuesto de pedirle la bendición. ¿Y no podemos llevar la pelota? No, eso no, dice tía Lila, porque entonces juegan y gritan demasiado, los gritos ponen nervioso al tío Emilio y además espantan sus abejas.
Que Dios los bendiga, mis queridos, dice tío Emilio tocándonos la cabeza. Y ahora vengan a ver mis flores, mis panales, mis cabritos, mis melones, mis jaulas con Siete Colores, mis canteros de margaritas y coronas de novia. No, gracias, tío Emilio, queremos ir un rato a la canchita. Bueno, hijos, vayan con Dios pero no se junten con los negros, no se peleen ni se insulten. No, nunca, tío Emilio, porque Dios está en todas partes y nos está mirando siempre y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

7 jun. 2017

HOY TEMPRANO, de Pedro Mairal

Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, recién comprado. Yo me trepo a la luneta trasera y me acuesto ahí a lo largo. Voy cómodo. Me gusta quedarme contra el vidrio de atrás porque puedo dormir. Siempre estoy contento de ir a pasar el fin de semana a la quinta, porque en el departamento del centro, durante la semana, lo único que hago es patear una pelota de tenis en el patio del pozo de aire y luz que está sobre el garaje, un patio entre cuatro paredes medianeras altísimas y sucias por el hollín de los incineradores. Si miro para arriba, en ese patio parece que estuviera adentro de una chimenea; si grito, el grito apenas sube pero no llega hasta el cuadrado de cielo. El viaje a la quinta me saca de ese pozo.
En la calle hay poco tránsito, quizá porque es sábado o porque todavía no hay tantos autos en Buenos Aires. Llevo un autito Matchbox adentro de un frasco para capturar insectos y unos crayones que ordeno por tamaño y que no me tengo que olvidar al sol porque se derriten. A nadie le parece peligroso que yo vaya acostado en la luneta. Me gusta el rincón protector que se hace con el vidrio de atrás, al lado de la calcomanía de la Proveeduría Deportiva. En el camino miro el frente de los autos porque parecen caras: los faros son ojos, los paragolpes son bigotes, y las parrillas son los dientes y la boca. Algunos autos tienen cara de buenos; otros, cara de malos. Mis hermanos prefieren que yo vaya en la luneta porque así tienen más lugar para ellos. Yo no viajo en el asiento hasta más adelante, cuando hace demasiado calor o cuando ya no quepo en la luneta porque crecí un poco. Tomamos una avenida larga. No sé si es porque hay muchos semáforos pero vamos despacio, además después ya el Peugeot está medio roto, tiene el caño de escape libre y hay que gritar para hablar; una de las puertas de atrás está falseada y mamá la ató con el hilo del barrilete de Miguel.


31 may. 2017

MATAR A UN NIÑO, de Stig Dagerman

Stig Dagerman 1923-1954

Es un día suave y el sol está oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo y abrochan sus blusas. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día un niño será muerto, en el tercer pueblo, por un hombre feliz. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy harán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina, y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado de la bomba de bencina roja, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira en una cámara, y en el cristal ve un pequeño carro azul, y a su lado a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de bencina ajusta la tapa del tanque y asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el carro, y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, oye la muchacha, en el asiento delantero, lo que él habla; ella cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el carro se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y se goza del brillo y del olor de bencina y de ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el carro, y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.
Pero, al mismo tiempo que, en el primer pueblo, el hombre cierra la puerta izquierda del carro y tira el botón de arranque, en el tercer pueblo, la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que ha abrochado su camisa y que ha amarrado los cordones de sus zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos y el negro bote que está medio varado sobre el pasto. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la crema y las moscas. Sólo el azúcar falta, y la madre ordena a su hijo que corra donde los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, le grita el padre que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan 8 minutos para vivir

22 may. 2017

UN HOMBRE SIN SUERTE, de Samanta Schweblin


El día que cumplí ocho años, mi hermana –que no soportaba que dejaran de mirarla un solo segundo–, se tomó de un saque una taza entera de lavandina. Abi tenía tres años. Primero sonrió, quizá por el mismo asco, después arrugó la cara en un asustado gesto de dolor. Cuando mamá vio la taza vacía colgando de la mano de Abi se puso más blanca todavía que Abi.
–Abi-mi-dios –eso fue todo lo que dijo mamá–. Abi-mi-dios –y todavía tardó unos segundos más en ponerse en movimiento.
La sacudió por los hombros, pero Abi no respondió. Le gritó, pero Abi tampoco respondió. Corrió hasta el teléfono y llamó a papá, y cuando volvió corriendo Abi todavía seguía de pie, con la taza colgándole de la mano. Mamá le sacó la taza y la tiró en la pileta. Abrió la heladera, sacó la leche y la sirvió en un vaso. Se quedó mirando el vaso, luego a Abi, luego el vaso, y finalmente tiró también el vaso a la pileta. Papá, que trabajaba muy cerca de casa, llegó casi de inmediato, pero todavía le dio tiempo a mamá a hacer todo el show del vaso de leche una vez más, antes de que él empezara a tocar la bocina y a gritar.
Cuando me asomé al living vi que la puerta de entrada, la reja y las puertas del coche ya estaban abiertas. Papá volvió a tocar bocina y mamá pasó como un rayo cargando a Abi contra su pecho. Sonaron más bocinas y mamá, que ya estaba sentada en el auto, empezó a llorar. Papá tuvo que gritarme dos veces para que yo entendiera que era a mí a quien le tocaba cerrar.
Hicimos las diez primeras cuadras en menos tiempo de lo que me llevó cerrar la puerta del coche y ponerme el cinturón. Pero cuando llegamos a la avenida el tráfico estaba prácticamente parado. Papá tocaba bocina y gritaba ¡Voy al hospital! ¡Voy al hospital! Los coches que nos rodeaban maniobraban un rato y milagrosamente lograban dejarnos pasar, pero entonces, un par de autos más adelante, todo empezaba de nuevo. Papá frenó detrás de otro coche, dejó de tocar bocina y se golpeó la cabeza contra el volante. Nunca lo vi hacer una cosa así. Hubo un momento de silencio y entonces se incorporó y me miró por el espejo retrovisor. Se dio vuelta y me dijo:
–Sacate la bombacha.
Tenía puesto mi Jumper del colegio. Todas mis bombachas eran blancas pero eso era algo en lo que yo no estaba pensando en ese momento y no podía entender el pedido de papá. Apoyé las manos sobre el asiento para sostenerme mejor. Miré a mamá y entonces ella gritó:
–¡Sacate la puta bombacha!
Y yo me la saqué. Papá me la quitó de las manos.

10 may. 2017

SEDA, de Alessandro Baricco

I.
AUNQUE su padre hubiera imaginado para él un brillante porvenir en el ejercito,
Hervé Joncour había terminado por ganarse la vida con un oficio insólito, al cual no le era extraña, por singular ironía, una característica tan amable que traicionaba una vaga entonación femenina.
Para vivir; Hervé Joncour compraba y vendía gusanos de seda.
Corría el año de 1861. Flaubert estaba escribiendo Salambó, la iluminación eléctrica era todavía una hipótesis y Abraham Lincoln, al otro lado del océano, estaba combatiendo en una guerra de la cual no vería el fin.
 Hervé Joncour tenía 32 años.
 Compraba y vendía.
 Gusanos de seda.


2.
  PARA SER EXACTOS, Hervé Joncour compraba y vendía los gusanos cuando su existencia de gusano consistía en ser huevos minúsculos, de color gris o amarillo, inmóviles y aparentemente muertos. Bastaba la palma de una mano para tener millares.
"Lo que se dice tener una fortuna en la mano.”
A principios de mayo los huevos se rompían, liberando una larva que, después de 30 días de febril alimentación a base de hojas de morera, procedía a encerrarse nuevamente en un capullo, para luego salir definitivamente dos semanas más tarde, dejando tras de sí un patrimonio que en seda hacía mil metros de hilo crudo y en dinero una bonita cantidad de francos franceses: suponiendo, claro está, que todo esto acaeciera en el respeto de las reglas y, como en el caso de Hervé Joncour, en alguna región de la Francia meridional.
Lavilledieu era el nombre del lugar en el cual vivía Hervé Joncour.
Hélene el de su mujer.
 No tenían hijos.

3 may. 2017

MANIFIESTO, de Celia Inés López Miranda


ESTAS ALAS QUE NO SE ENTIENDEN CON EL VIENTO
Celia Inés, una gran poeta de Villa Dolores
                                             OSVALDO GUEVARA
NO SERÁ PERDONADA LA OSADÍA DEL VUELO
NO SERÁ COMPRENDIDA.
NO SERÁ PERDONADA  LA MUJER QUE ELEVE
SUS PIES HASTA EL PUNTO
DONDE EL OCASO SE VUELVA AMANECER
DEL OTRO LADO DEL MUNDO.
NO SERÁ.
PORQUE  ES DIFÍCIL ENTENDERSE 
CON LA GENTE CON ALAS.
ELLAS ESTORBAN CUANDO  A UNO LE OFRECEN
SILLAS Y   BUTACAS
SÓLO ESTÁN CÓMODAS EN LOS BANCOS DE PLAZA
O AL BORDE DE LA CORNISA DEL MÁS ALTO
EDIFICIO
O EN LA COLINACAPITAL ,

24 abr. 2017

COMO AGUA PARA CHOCOLATE, de Laura Esquivel- Fragmento

…Después, por medio de una pequeña campana de ensayos llena de gas oxígeno hizo pasar el gas a la campana muy poco a poco. En cuanto el gas oxígeno llegó a la parte superior de la campana, donde se encontraba el fósforo fundido, se produjo una combustión viva e instantánea, que los deslumbró como si fuese un relámpago.


- Como ve, todos tenemos en nuestro interior los elementos necesarios para producir fósforo. Es más, déjeme decirle algo que a nadie le he confiado. Mi abuela tenía una teoría muy interesante, decía que si bien todos nacemos con una caja de cerillos en nuestro interior, no los podemos encender solos, necesitamos, como en el experimento, oxígeno y la ayuda de una vela. Sólo que en este caso el oxígeno tiene que provenir, por ejemplo, del aliento de la persona amada; la vela puede ser cualquier tipo de alimento, música, caricia, palabra o sonido que haga disparar el detonador y así encender uno de los cerillos. Por un momento nos sentiremos deslumbrados por una intensa emoción. Se producirá en nuestro interior un agradable calor que irá desapareciendo poco a poco conforme pase el tiempo, hasta que venga una nueva explosión a reavivarlo. Cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir, pues la combustión que se produce al encenderse uno de ellos es lo que nutre de energía el alma. En otras palabras, esta combustión es su alimento. Si uno no descubre a tiempo cuáles son sus propios detonadores, la caja de cerillos se humedece y ya nunca podremos encender un solo fósforo. Si eso llega a pasar el alma huye de nuestro cuerpo, camina errante por las tinieblas más profundas tratando vanamente de encontrar alimento por sí misma, ignorante de que sólo el cuerpo que ha dejado inerme, lleno de frío, es el único que podría dárselo.

11 abr. 2017

MALDICIÓN DE DRAGÓN, de Gustavo Roldán

Como las caras de una moneda, o como  el yin y yang, primero fue la bendición de dragón. Hoy, la maldición... que la disfruten,


Carmen




Que tengas comida hasta estar harto
todos los días de tu vida.
Y que vivas muchos años. 
Que nunca te falten ni el agua ni la luz.
Que los senderos sean suaves
cuando los camines.
Que las espinas se aparten de tu lado.
Que tus enemigos te dejen pasar
sin atacarte.
Que ningún dolor te hiera en el costado.
Que nadie te lastime a traición. 
Que nadie te ofenda ni siquiera con un gesto.
Que tengas todo lo que se pueda desear, por largos, larguísimos años.

Pero que te falte el amor.

Hasta el próximo cuento...

1 abr. 2017

EL SEXO DE LOS ÁNGELES, de Mario Benedetti

Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizá signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.
Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.
Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.
Y si Ángel, para abrir el fuego, dice: “Semilla”, Ángela, para atizarlo, responde: “Surco”. El dice: “Alud” y ella, tiernamente: “Abismo”.
Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.
Ángel dice: “Madero”. Y Ángela: “Caverna”.
Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un Ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.
Él dice: “Manantial”. Y ella: “Cuenca”.
Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve, circulan el aire y su expectativa.
Ángel dice: “Estoque”, y Ángela, radiante: “Herida”. El dice: “Tañido”, y ella: “Rebato”.
Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan, estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.
Espero que disfruten este maravilloso cuento, en este día de lluvia,
Hasta la próxima,
Carmen

21 mar. 2017

EL NADADOR, de John Cheever

"The Swimmer" basada en el cuento
"El nadador" de Cheever
Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado.» Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca.
—Bebí demasiado —decía Donald Westerhazy.
—Todos bebimos demasiado —decía Lucinda Merrill.
—Debió de ser el vino —explicaba Helen Westerhazy—. Bebí ¡demasiado clarete.
El escenario de este último diálogo era el borde de la piscina de los Westerhazy, cuya agua, procedente de un pozo artesiano con un alto porcentaje de hierro, tenía una suave tonalidad verde. El tiempo era espléndido. Hacia el oeste se amontonaban las nubes, tan parecidas a una ciudad vista desde lejos —desde el puente de un barco que se aproximara— que podían haber tenido un nombre. Lisboa. Hackensack. El sol calentaba. Neddy Merrill, sentado en el borde de la piscina, tenía una mano dentro del agua, y sostenía con la otra una copa: ginebra. Neddy era un hombre enjuto que parecía conservar aún la peculiar esbeltez de la juventud, y, aunque los días de su adolescencia quedaban ya muy lejos, aquella mañana se había deslizado por el pasamanos de la escalera, y en su camino hacia el olor a café que salía del comedor, había dado un sonoro beso en la broncínea espalda a la Afrodita del vestíbulo. Podría habérselo comparado con un día de verano, en especial con las últimas horas de uno de ellos, y aunque le faltase una raqueta de tenis o una vela hinchada por el viento, la impresión era, decididamente, de juventud, de vida deportiva y de buen tiempo. Había estado nadando y ahora respiraba hondo, como si fuera capaz de almacenar en sus pulmones los ingredientes de aquel momento, el calor del sol, y la intensidad de su propio placer. Era como si todo le cupiera dentro del pecho. Doce kilómetros hacia el sur, en Bullet Park, estaba su casa, donde sus cuatro hermosas hijas habrían terminado de almorzar y quizá jugasen al tenis en aquel momento. Fue entonces cuando se le ocurrió que si atajaba por el suroeste podría llegar nadando hasta allí.
No había nada de opresivo en la vida de Neddy, y el placer que le produjo aquella idea no puede explicarse reduciéndola a una simple posibilidad de evasión. Le pareció ver, con mentalidad de cartógrafo, la línea de piscinas, la corriente casi subterránea que iba describiendo una curva por todo el condado. Se trataba de un descubrimiento, de una contribución a la geografía moderna, y le pondría el nombre de Lucinda, en honor a su esposa. Neddy no era ni estúpido ni partidario de las bromas pesadas, pero tenía una clara tendencia a la originalidad, y se consideraba a sí mismo —de manera vaga y sin darle apenas importancia— una figura legendaria. El día era realmente maravilloso, y le pareció que un baño prolongado serviría para acrecentar y celebrar su belleza.
Se desprendió del suéter que le colgaba de los hombros y se tiró de cabeza a la piscina. Neddy sentía un inexplicable desprecio por los hombres que no se tiran de cabeza. Nadó a crol pero de forma poco organizada, respirando unas veces con cada brazada y otras sólo en la cuarta, y sin dejar de contar, de manera casi subconsciente, el un-dos, un-dos, del movimiento de los pies. No era un estilo muy apropiado para largas distancias, pero la utilización doméstica de la natación ha gravado ese deporte con ciertas costumbres, y en la par-te del mundo donde habitaba Neddy, el crol era lo habitual. Sentirse abrazado y sostenido por el agua verde y cristalina, más que un placer, suponía la vuelta a un estado normal de cosas, y a Neddy le hubiese gustado nadar sin bañador, pero eso no resultaba posible, debido a la naturaleza de su proyecto.

1 mar. 2017

BENDICIÓN DE DRAGÓN, de Gustavo Roldán

Que las lluvias que te mojen sean suaves y cálidas.
Que el viento llegue lleno del perfume de las flores.
Que los ríos te sean propicios y corran para el lado que quieras navegar.
Que las nubes cubran el sol cuando estés en el desierto.
Que los desiertos se llenen de árboles cuando los quieras atravesar. O que encuentres esas plantas mágicas que guardan en su raíz el agua que hace falta.
Que el frío y la nieve lleguen cuando estés en una cueva tibia.
Que nunca te falte el fuego.
Que nunca te falte el agua.
Que nunca te falte el amor.
Tal vez el fuego se pueda prender.
Tal vez el agua pueda caer del cielo.
Si te falta el amor, no hay agua ni fuego que alcancen para seguir viviendo.

17 feb. 2017

CINTA VERDE EN EL CABELLO, João Guimarães Rosa

JOÃO GUIMARÃES ROSA
Había una vez una aldea en algún lugar, ni mayor ni menor, con viejos y viejas que viejaban, hombres y mujeres que esperaban, y chicos y chicas que nacían y crecían. Todos con juicio suficiente, menos -por el momento- una nenita. 
Un día, ella salió de la aldea con una cinta verde imaginada en el cabello. Su madre la mandaba con una cesta y un frasco, a ver a la abuela -que la amaba- a otra aldea vecina casi igualita. Cinta Verde partió, enseguida, ella la linda, todo érase una vez. El frasco contenía un dulce en almíbar y la cesta estaba vacía, para llenarla con frambuesas.
De ahí que, al atravesar el bosque, vio solo los leñadores, que por allá leñaban; pero ningún lobo, desconocido ni peludo. Pues los leñadores habían exterminado al lobo. 
Entonces, ella misma se decía:

- Voy a ver a abuelita, con cesta y frasco, y cinta verde en el cabello, como mandó mamita.

La aldea y la casa esperándola allá, después de aquel molino, que la gente piensa que ve, y de las horas, que la gente no ve que no son.
Y ella misma resolvió escoger tomar ese camino de acá, loco y largo, y no el otro, corto. Salió, detrás de sus alas ligeras, su sombra también le venía corriendo detrás.
Se divertía con ver que las avellanas del piso no volaran, con no alcanzar esas mariposas nunca, ni en buquet ni en pimpollo, y con ignorar si las flores -plebeyitas y princesitas a la vez- estaban cada una en su lugar al pasar a su lado. 
Venía soberanamente.
Tardó, para dar con la abuela en casa, que así le respondió, cuando ella, toc, toc, golpeó:

-      ¿Quién es?
-       Soy yo… - y Cinta Verde descansó la voz-. Soy su linda nietita, con cesta y frasco, con la cinta verde en el cabello, que la mamita me mandó.
Ahí, con dificultad, la abuela dijo:

- Empuja el cerrojo de madera de la puerta, entra y abre. Dios te bendiga.

Cinta Verde así lo hizo y entró y miró.
La abuela estaba en la cama, triste y sola. Por su modo de hablar tartamudo y débil y ronco, debía haber agarrado una mala enfermedad. Diciendo:

- Deja el frasco y la cesta en el arcón y ven cerca de mí, mientras hay tiempo.

Pero ahora Cinta Verde se espantaba, más allá de entristecerse al ver que había perdido en el camino su gran cinta verde atada en el cabello; y estaba sudada, con mucha hambre de almuerzo. Ella preguntó:

- Abuelita, ¡qué brazos tan flacos los suyos, y qué manos temblorosas!
- Es porque no voy a poder nunca más abrazarte, mi nieta…. -la abuela murmuró.
- Abuelita, pero qué labios tan violáceos.
- Es porque nunca más voy a poderte besar, mi nieta…. -la abuela suspiró.
- Abuelita, y qué ojos tan profundos y quietos en este rostro ahuecado y pálido.
- Es porque ya no te estoy viendo, nunca más, mi nietita… -la abuela aún gimió.

Cinta Verde más se asustó, como si fuese a tener juicio por primera vez. Gritó:

- ¡Abuelita, tengo miedo del Lobo!

Pero la abuela no estaba más allá, estaba demasiado ausente, a no ser por su frío, triste y tan repentino cuerpo.

Que lo disfruten, Carmen

5 feb. 2017

CRISTAL EMPAÑADO, por Carmen Nani

Rodolfo Wilcock escribió:

Recuerden que
todo sucede por casualidad y que nada dura,
lo que no te impide
hacer un dibujo
en el vidrio empañado.

Yo respondo:

Me arañó el alma
despacito.
Sentimientos mojados 
se escapan,
no deben salir.
Afuera está lloviendo.

Para bien venir el 2017, juguemos con las palabras,
Carmen