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30 jul. 2017

DESPECHO, de Andrès Neuman

A Violeta le sobran esos dos kilos que yo necesito para enamorarme de su cuerpo. A mí, en cambio, me sobran siempre esas dos palabras que ella necesitaría dejar de oír para empezar a quererme.

Que lo disfruten,
Carmen


17 jul. 2017

LA DENSIDAD DE LAS PALABRAS, de Luisa Valenzuela

Mi hermana, dice, se parecía a padre. Yo –dicen- era el vivo retrato de madre, genio y figura. “como todo el mundo quiere generalmente a quien se le asemeja, esta madre adoraba a su hija mayor y sentía al mismo tiempo una espantosa aversión por la menor. La hacia comer en la cocina y trabajar constantemente”. Así al menos reza el cuento, parábola o fábula, como quieran llamarlo, que se ha escrito sobre nosotras. Se lo puede tomar al pie de la letra o no, igual la moraleja final es de una perversidad intensa y mal disimulada. Padre, en el momento de narrarse la historia, ya no estaba más acá para confirmar los hechos. El hada tampoco. Porque hada hubo, según parece. Un hada que se desdobló en dos y acabó mandándonos a cada una de las hermanas a cumplir con feracidad nuestros destinos dispares. Destinos demasiados esquemáticos. Intolerables ambos.
¿Qué clase de hermanas fuimos? Qué clase de hermanas me pregunto. Y otras preguntas más: ¿quién quiere parecerse a quién?¿Quién elige y por qué?
Bella y dulce como era, se cuenta – parecida a nuestro padre muerto, se cuenta-, mi hermana en su adolescencia hubo de pagar los platos rotos o más bien lavarlos, y fregar e ir dos veces por día a la lejana fuente en procura de agua. Parecida a madre, la muy presente, tocome como ella ser la mimada, la orgullosa, la halagada, la insoportable y caprichosa, según lo cuenta el tal cuento.
Ahora las cosas han cambiado en forma decisiva y de mi boca salen sapos y culebras.
De mi boca salen sapos y culebras. No es algo tan terrible como suena, estos animalejos tienen la piel viscosa, se deslizan con toda facilidad por mi garganta.
El problema reside en que ahora nadie me quiere, ni siquiera madre que antes parecía quererme tanto. Alega que ya no me parezco más a ella. No es cierto: ahora me parezco más que nuca.

10 jul. 2017

LOS BESOS EN EL PAN, Almudena Grandes

El domingo de Ramos, Diana invita a su madre a comer.
Adela lleva el vino y el postre, como siempre, y se fija en que su yerno no come mucho y habla todavía menos.
 — ¿Me ayudas a recoger la mesa, mamá?
Después del café, Adela está convencida de que su hija quiere encerrarse con ella en la cocina para hablarle de su marido, y sus primeras palabras parecen confirmarlo.
 —Mira, mamá, yo... —abre el lavaplatos, se agacha a estudiar su contenido, y desde allí se explica algo mejor—. Tengo un problema.
 —Ya me he dado cuenta —la madre empieza a llenar de vasos la bandeja de arriba—. ¿Qué le pasa a Pepe?
—¿A Pepe? —pero su hija se vuelve a mirarla con un gesto de estupor y una bandeja de horno chorreando agua entre las manos—. A Pepe no le pasa nada.
 —¿Seguro?
 —Seguro —asiente con energía, regresa al lavaplatos—. No es Pepe, es Sofía, que quiere pasar la Semana Santa en la playa con ese novio que se ha echado, pero como él gana tan poco y no puede pagar un hotel, y tampoco quiere pagarlo ella para que él no se sienta mal, pues me ha dicho que si pueden acoplarse en nuestra casa.
 —¡Ah! —Adela sonríe mientras sigue colocando vasos, porque Diana acaba de recordarle que la que tiene un problema menos es ella—. Fenomenal, me alegro un montón, eso es lo que necesitaba tu hermana, yo estoy encantada.
 —Ya, y yo también pero, verás... —Diana se apoya en el fregadero, levanta una mano, cierra el puño y empieza a desplegar los dedos, uno por uno—. En nuestro cuarto, dormimos nosotros. En el de invitados, mis suegros, que se apuntaron hace un mes. En el cuarto de los niños, duermen Pablo y su amigo Felipe, porque Jose no viene, me ha dicho que tiene que quedarse en Madrid a estudiar. Total, que si pongo a Mariana en el dormitorio de al lado de la cocina, Sofi y su novio pueden dormir en su cuarto, pero...
 —Pero las camas son de ochenta —completa Adela.
 —Eso da igual, mamá. Están en esa fase en la que dos duermen en una cama pequeña y les sobra sitio. No es eso, es que ya no tengo más camas.
 —¿Y? —pero lo entiende todo de repente—. ¡Ah! Lo dices por mí... No te preocupes, hija, si yo no pensaba moverme de Madrid en Semana Santa. Tengo un montón de cosas que hacer.
 —¿De verdad?

1 jul. 2017

UNA MEDIDA TEMPORAL,de Jhumpa Lahiri

El aviso les informó de que la medida era temporal: durante cinco días les cortarían la electricidad por espacio de una hora, a partir de las ocho de la noche. La última tormenta de nieve había producido una avería en el suministro y los empleados de la compañia iban a acometer la reparación a primera hora de la noche, cuando el clima era algo más clemente. La reparación iba a afectar solamente a las casas de la tranquila calle arbolada, cercana a una hilera de tiendas con fachadas de ladrillo y una parada de tranvía, en la que Shoba y Shukumar habían vivido durante tres años.
“Está bien que nos avisen,” admitió Shoba después de leer el aviso en voz alta, más para sí misma que para Shukumar. Dejó que la correa de su bolso de cuero, repleto de documentos, resbalara de sus hombros, y lo dejó en el pasillo mientras caminaba hacia la cocina. Llevaba un abrigo azul, pantalones grises y zapatillas blancas; se veía, a los treinta y tres, como el tipo de mujer al que alguna vez juró que nunca se parecería.
Venía del gimnasio. El carmín rojo se podía apreciar sólo en la comisura de su boca, y el delineador había dejado manchas de carbón bajo sus pestañas inferiores.
Solía verse así a veces, pensó Shukumar, en las mañanas después de una fiesta o de una noche en el bar, cuando ella tenía demasiada flojera para lavarse la cara, demasiado ávida de entregarse a sus brazos. Ella dejó caer la correspondencia en la mesa sin mirarla. Sus ojos estaban todavía fijos en el aviso que tenía en las manos. “Deberían hacer esto durante el día”.
“Cuando yo estoy aquí, quieres decir,” dijo Shukumar. Puso la tapa de vidrio en una olla con cordero, ajustándola de tal modo que ni siquiera el vapor pudiese escapar. Desde enero, él había estado trabajando en casa, intentando terminar los capítulos finales de su tesis doctoral sobre las revueltas agrarias en la India. “¿Cuándo empiezan las reparaciones?”
“Dice que el 19 de marzo. ¿Hoy es 19?” Shoba se dirigió al corcho enmarcado y colgado en la pared junto al refrigerador, vacío salvo por un calendario con motivos decorativos sacados del papel pintado de William Morris. Ella lo miró como si lo viera por primera vez, estudiando cuidadosamente el diseño en la parte superior antes de permitir que sus ojos descendieran a la trama numerada de la parte de abajo. Un amigo les había enviado por correo el calendario como regalo navideño aunque Shoba y Shukumar no hubieran celebrado la navidad aquel año.
“Es hoy, entonces,” anunció Shoba. “Por cierto, tienes una cita con el dentista el viernes que viene.”
Él pasó su lengua por la parte superior de sus dientes. Había olvidado cepillárselos esa mañana. No era la primera vez. No había salido de casa en todo el día, ni el día anterior. Cuanto más estaba Shoba fuera de casa, cuanto más comenzaba ella a hacer horas extras y a tomar trabajos adicionales, más quería él quedarse en casa, sin salir siquiera para ir por el correo o comprar fruta o vino que estaban en las tiendas junto a la parada del tranvía.
Seis meses atrás, en septiembre, Shukumar se encontraba en un congreso académico en Baltimore cuando Shoba empezó el trabajo de parto, tres semanas antes de la fecha prevista. Él no había querido ir al congreso, pero ella insistió. Era importante empezar a hacer contactos y él iba a entrar al mercado laboral al año siguiente. Ella le dijo que tenía el teléfono del hotel y una copia de los horarios y números de vuelos y que se había organizado con su amigo Gillian para que la llevara al hospital si surgía una emergencia. Cuando el taxi salió de la casa aquella mañana hacia el aeropuerto, Shoba se despidió de él en la puerta de casa envuelta en su bata, con una mano descansando en el montículo de su vientre como si fuera una parte perfectamente natural de su cuerpo.
Cada vez que recordaba ese momento, el último en que vio a Shoba embarazada, lo que más recordaba era el taxi, una camioneta pintada de azul con letras rojas. Una caverna comparada con su propio coche. Aunque Shukumar medía casi metro noventa, con unas manos demasiado grandes hasta para acomodarlas en el bolsillo de sus jeans, se sintió diminuto en el asiento trasero. Mientras el taxi iba por la calle Beacon, se imaginó el día que él y Shoba necesitaran comprar su propia camioneta, para llevar y recoger a sus hijos de las clases de música y las citas con el dentista. Se imaginó a sí mismo sosteniendo el volante, mientras Shoba se daba la vuelta para repartirles juguitos a los niños. Alguna vez estas imágenes de paternidad le habían molestado, sumándose a la preocupación de que aún era un estudiante a los treinta y cinco. Pero esa mañana de otoño, con los árboles todavía cargados con hojas de bronce, disfrutó por primera vez esa imagen.
Un miembro de la organización se las arregló para dar con él en una de las idénticas salas de convenciones donde le pasó la nota, un cuadrado rígido de papel. Si bien sólo había un número telefónico, Shukumar supo que se trataba del hospital. Cuando regresó a Boston ya todo había terminado. El bebé nació muerto. Shoba estaba en la cama dormida, en un cuarto privado tan pequeño que apenas había espacio para pararse junto a ella, en un ala del hospital que no les había sido mostrada durante la anterior visita como futuros padres. Su placenta había cedido y le habían tenido que hacer una cesárea de urgencia pero resultó demasiado tarde. El doctor explicó que esas cosas pasaban. Sonrió del modo más amable posible en que es posible sonreírle a un paciente y que sólo los profesionales conocen. Shoba podría ponerse de pie en unas cuantas semanas. No había nada que indicara que ella no pudiera tener niños en el futuro.
Por esos días, cuando Shukumar se despertaba, Shoba ya se había marchado. Él abría los ojos y veía las negras hebras de cabello que ella había dejado en la almohada y pensaba en ella, vestida, sorbiendo su tercera taza de café del día, en su oficina en el centro, en la que buscaba errores tipográficos en los libros de texto que marcaba con un ejército de lápices de diferentes colores y en un código que alguna vez le había explicado. Ella haría lo mismo con su tesis, le prometió, cuando estuviera lista. Envidiaba lo específico de su tarea tan diferente de la naturaleza elusiva de la suya. Él era un estudiante mediocre que tenía facilidad para absorber los detalles sin curiosidad. Hasta septiembre había sido dedicado, sino diligente, resumiendo capítulos, apuntando argumentaciones en bloques de papel amarillo con líneas. Pero ahora podía quedarse en la cama hasta aburrirse, mirando su lado del armario, que Shoba siempre dejaba medio abierto, en la fila de las chaquetas de tweed y los pantalones de pana que ya no tenía necesidad de elegir para dar sus clases este semestre. Tras la muerte del niño era demasiado tarde para dejar la docencia. Pero su tutor había arreglado las cosas para que tuviera el semestre de primavera para él. Shukumar estaba en su sexto año de la universidad. “Eso y el verano te darán un buen empujón”, le había dicho su tutor. “Ya tendrías que tener todo terminado para septiembre.”
Pero no había nada empujando a Shukumar. En lugar de eso pensaba en cómo él y Shoba se habían convertido en expertos en evitarse el uno al otro en su casa de tres dormitorios, pasando todo el tiempo posible en plantas diferentes de la casa.